Psicosis corporal

Psicosis corporal

Me planto en el Alcampo con cuarenta pavos en efectivo y la misión de hacer una compra no saludable, no, sino algo mejor: productiva. Eficiente. Provechosa. Que rente, tú, que estire y transmute mi cuerpo en una máquina perfecta de la que sacar réditos económicos, como si fuera un apéndice viviente del engranaje del capital que convertir en un carburador. De eso va la cosa, ¿no?; eso es lo que explican las cuentas de fitness – nueva forma de llamar a la psicosis corporal – que viven en mi teléfono móvil y me obligan a optimizar. Optimizar, sí. Podría ser la palabra más usada en Internet en lo que llevamos de 2026. Pues eso, que estoy en el Alcampo, al amparo de señoras con carrito y algunos hombres ceñudos, y tengo que optimizar mi compra para optimizar mi cuerpo; tengo que meterle a mi sistema endocrino la cantidad perfecta de hidratos – de calidad, ¿eh?, no jodáis con esto –, proteínas y vitaminas que optimicen mi trabajo, optimicen mis horas de deporte y, casi lo más importante de todo, optimicen mi descanso. El sueño es importante, ¿a que no lo sabíais? Menos mal que han llegado los coaches para decírnoslo. Instagram se ha llenado de charlatanes hipertrofiados– ¿los esteroides los cojo mejor en lata o del pasillo de los congelados? – que venden cursos para aprender a dormir y medir el sueño, algo que llama poderosamente mi atención porque la primera recomendación de los neurólogos y psicólogos verdaderamente especialistas es que no te obsesiones con él y no se te ocurra bajo ninguna circunstancia parametrarlo; aunque qué sabrán esos tristes que desconocen el significado de optimizar. Op-ti-mi-zar. Precisamente esa aplicación, Instagram, es la que abro, y mi cariñoso algoritmo despliega ante mis corneas descontextualizadas un carrusel de hombres muy jóvenes y muy musculados y muy alopécicos, aunque supongo que no habrá ninguna correlación química entre lo segundo y lo tercero, que me explican qué comprar y que no. El primero, un chiflado que pone los ojos bizcos y ridiculiza a la gente que compra comida en lata, me dice que no se me ocurra pillar nada que traiga el más mínimo conservante, que mi cerebro se va a deformar como una pasa y voy a acabar con los testículos llenos de plástico – lo que faltaba, que ahora tenga que echar currículum en un parque de bolas –. Así que le hago caso y me voy, algo asustado, hasta el pasillo de los frescos. Pero ahí, justo cuando voy a coger unos melocotones con una pinta estupenda, me salta el vídeo de otro tipo que me dice que ni de broma coma fruta, que tiene azúcar – fructosa, creo recordar que se llama – que me va a pegar tal subidón de insulina que me va a provocar no sé qué, y que lo mejor es pillar carne de la buena, de la fresca que sangra a borbotones; así que voy a la sección de la carnicería, que tiene un…

Fuente original: elplural.com

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