No son muertes, son asesinatos
Este miércoles, bien entrada la tarde, se certificó el asesinato de Maricarmen. La mató la especulación inmobiliaria y los rentistas que, diariamente, llenan sus bolsillos a costa de las rentas de la clase trabajadora, anteponiendo sus beneficios a la propia vida de la mayoría social. Porque pueden. La mató la Justicia, que no dudó en ordenar su desahucio pese a su evidente y documentado empeoramiento del estado de salud. Un proceder que, diariamente, togados de todo pelaje y rango replican desde sus atalayas acolchadas, ajenos a que son la mano que permite acabar con la vida de familias enteras. La mataron las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que, bajo el cobarde paraguas de la cadena de mando, golpearon y gastaron a quienes acompañaron a la anciana en durante las últimas horas en casa, reventaron las puertas y, radial en mano, propiciaron que saliera por última vez de su portal, en camilla y rota por dentro. La mató la clase política, nacional, autonómica y local, que tan solo se preocupó de ella cuando el desalojo se hizo mediático y se empezaban a exigir responsabilidades. Ellos saben, independientemente de la chapa que ahora se quieran colocar, que no hicieron nada por Maricarmen, Olga o Javier (ambos empujados al suicidio tras su desalojo) ni por el casi medio centenar de personas que, cada día, sufren la misma situación. La mataron los voceros, líderes de opinión y periodistas con los que en estas horas resulta vergonzoso compartir profesión. Una turba que se burló de una anciana de 87 años en camilla, que la señalaron y persiguieron, no dudando en inventar bulos para la lucha política de sus amos, quienes les mantienen la tripa contenta. Ahora reculan, pusilánimes indecorosos que ni siquiera son responsables de asumir las consecuencias de sus palabras porque no conciben el silencio. La intentaron salvar los militantes, compañeros y amigos del Sindicato de Inquilinas, de las decenas de sindicatos de vivienda, plataformas, asociaciones y colectivos políticos y barriales que acudieron a frenar su desahucio, como hacen diariamente con otros desalojos, y que acamparon y se manifestaron por toda España para devolver a Maricarmen a su casa y, sobre todo, para que no hubiese ninguna Maricarmen más. La intentó salvar su abogada, que se lanzó a una lucha contra Urbagestión y no cejó hasta que consiguió, arropada por la presión social, un acuerdo para que volviese a su casa. Maricarmen nunca volvió a pisar el suelo de su hogar, rozar sus paredes ni a sentarse en el sillón del que la levantaron para llevarla al hospital, pero murió sabiendo que su batalla se había ganado y que la lucha seguía para vencer la guerra. La intentó salvar la poca familia que tenía y que, pese a saber que no debería ser la solución, iba a acogerla en un piso de 50 metros cuadrados en el que ya vivían varias personas. Antes con su gente, aunque alejada de su barrio, que condenada a uno de los recursos despersonalizados que se le…
Fuente original: elplural.com












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