Los destrozos: Es mejor no saber

Los destrozos: Es mejor no saber

He pasado la mitad de las vacaciones viajando súbitamente de la Costa de la Luz a las interminables carreteras californianas, desde la ligereza de las vacaciones y el frescor y del agua limpia del Atlántico, a la atmósfera pesadísima, distorsionada y aterradora del Los Angeles de principios de los 80 de ‘Los Destrozos’, la novela de Bret Easton Ellis -‘Menos que cero’, ‘American Psycho’- que había que leer este verano para no quedarte fuera de la conversación. Y es que las mismas psyops que llevaron a Geese a la fama indie-mundial el año pasado y a Cameron Winter a convertirse en el icono del rock que es hoy, han rescatado la obra de Ellis de 2020 aprovechándose de la adaptación que ha dirigido Ryan Murphy para Disney+ y que probablemente haya destrozado una de las mejores novelas contemporáneas que he leído en mi vida. ‘Los Destrozos’ es una Gran Novela Americana en todos los sentidos, desde su mismo planteamiento hasta el acabado final. Casi setecientas páginas tiene la edición de Random House que el repartidor me dejó lanzándola por encima de la verja de la casa y que he llevado varios días a cada playa y cada chiringuito en el que he estado, cargando con su peso físico, impidiéndome meter una botella grande de agua en la mochila, o una muda, incomodándome, como una manifestación de la carga emocional de una novela de la que tenía que apartarme explícitamente, voluntariamente, antes de hablar con alguien por teléfono que no hubiera estado conmigo dentro del libro y me imaginase en la playa, únicamente bebiendo manzanilla helada o tomando el sol. Adictiva como un Harry Potter para adultos: el mundo reducido a unos adolescentes que se comportan como adultos y a unos adultos que se comportan como adolescentes; porque qué si no son los profesores, especialmente los de Hogwarts, o los millonarios aburridos de la novela. Lo que los mediocres guionistas de ‘Élite’ aspiraron a crear, sublimado delante de ellos a través del artefacto narrativo perfecto de un Easton Ellis, que no cuenta con la cara de Arón ni de Esther, sino solo con sus palabras y con la lascivia y el morbo del lector y que nos coge del cuello y nos obliga a mirar en un pozo muy oscuro en qué cojones nos hemos convertido. Oscuro porque los protagonistas de la tragedia son apenas unos críos que no han salido todavía a partirse -y, sobre todo a que les partan- la cara al mundo real y ya son juguetes rotos para siempre. Nacieron rotos por unos padres que no ejercieron jamás y delegaron su educación a una institución y sus valores a la cultura. Como si palabras como institución o cultura significaran lo mismo que hacía cincuenta años. Sin embargo, la novela no es tanto, no solo, terrorífica, por el retrato de una sociedad totalmente delulu como la jet set angelina durante el reaganismo, sino por la confirmación de que la segunda década del siglo XXI, la nuestra, es una…

Fuente original: elplural.com

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