La calle que Feijóo quiso agitar contra Sánchez hace ahora temblar a Génova
Durante esta legislatura, el PP ha intentado convertir la movilización social y la calle en un espacio en el que azuzar sus proclamas y desgastar al Ejecutivo. Sobre el papel, el plan de los ‘populares’ para canalizar el descontento hacia Pedro Sánchez, que también sienten una buena parte de votantes de izquierdas, pasaba por la calle, pero las protestas por la vivienda, la sanidad y la educación han desplazado el foco hacia problemas que incomodan también a los gobiernos autonómicos populares y que tienen una trascendencia mayor para la ciudadanía que el nombre del presidente del Gobierno o el partido al que pertenezca. Hay una vieja tentación en política: creer que la indignación puede convocarse, dirigirse y apagarse a conveniencia. Que basta con señalar un culpable, alimentar el malestar y poner a la gente en movimiento para que la protesta termine beneficiando a quien la impulsa. El Partido Popular ha jugado esa carta durante esta legislatura con un objetivo evidente: convertir la calle en un frente más de desgaste contra Pedro Sánchez. Pero las cosas no han ido del todo como Génova esperaba. La situación de Ceuta fue uno de los ejemplos más claros de esta estrategia. La crisis migratoria ofreció al PP una oportunidad para cuestionar la gestión del Gobierno, exigir responsabilidades y elevar la presión sobre La Moncloa. La formación de Alberto Núñez Feijóo trató de situar al Ejecutivo a la defensiva, con la gestión de la ciudad autónoma como nuevo argumento contra el presidente. Sánchez, por su parte, acusó al PP y a Vox de utilizar la crisis para desgastar al Gobierno en lugar de colaborar en su resolución. La operación tenía una lógica electoral: convertir el descontento en una impugnación general del Gobierno. Pero también encerraba otro riesgo: el hecho de que cuando se anima a la ciudadanía a salir a la calle, no siempre se puede decidir qué reclamaciones van a ocupar el centro de la conversación. Y la gente ha terminado saliendo, pero para otras cosas. El desahucio de Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años que llevaba siete décadas viviendo en su casa, puso de manifiesto que las paredes de los despachos políticos son demasiado gordas y las realidades cotidianas transcurren a otro ritmo. La dificultad para conservar una vivienda en un mercado cada vez más inaccesible para amplias capas de la población, con el desahucio de la anciana como detonante, provocó una reacción social que trascendió las fronteras partidistas y desembocó en movilizaciones en Madrid y otras ciudades, cristalizadas en fenómenos como la acampada en Sol. De repente, el foco ya no estaba en la crisis migratoria de Ceuta, ni en la capacidad de Sánchez para mantenerse en La Moncloa. Estaba en el precio de los alquileres, la vulnerabilidad de los inquilinos, la incapacidad de las instituciones para ofrecer respuestas suficientes ante una emergencia habitacional y en cómo los salarios no han subido lo suficiente en comparación con cómo lo ha hecho el mercado de la vivienda. Agendas y debates que condicionan…
Fuente original: elplural.com












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