Este inmenso mar verde de pinares abarca parte de dos provincias y sigue proporcionando resina, piñones y nícalos

Con la localidad de Íscar como epicentro, incontables pinos vertebran un territorio compartido entre Valladolid y Segovia y definen la vida de sus habitantes
Con más de 10 hectómetros cúbicos, es la segunda reserva de agua dulce de la provincia y está rodeada de praderas, coníferas y altas cumbres
Declarada Monumento Natural, esta ruta te llevará a descubrir estas tres cascadas asturianas, robles, castaños y algún antiguo molino
Se trata de un ecosistema de enorme valor histórico y paisajístico, una gigantesca extensión de pinares que se despliega sobre las provincias de Valladolid y Segovia. La antigua división provincial de 1833 troceó la Comunidad de Villa y Tierra de Íscar, asignando municipios como Remondo, Fuente el Olmo y Villaverde a Segovia, mientras la villa cabecera, junto con Pedrajas, Megeces y Cogeces, quedaba en Valladolid. A pesar de esta separación administrativa, el denso bosque de coníferas ha mantenido su unidad natural, vertebrando un territorio compartido donde el pinar continúa definiendo la vida de sus habitantes.
El aprovechamiento de la resina representa uno de los pilares tradicionales más emblemáticos de esta masa forestal, donde los pinos negrales han sido sangrados durante generaciones para extraer el llamado oro de esta tierra. A través de oficios reactivados en años recientes, los resineros colocan potes y barricas sobre las cicatrices de los troncos, demostrando la vigencia de una actividad sostenible. Rutas homologadas como la Senda de la Resina, la PR VA-38, permiten hoy al viajero recorrer estos parajes mientras descubre la extracción resinera tradicional y contempla la rica diversidad natural que envuelve a los pinos centenarios.
Junto a la producción resinera, la recolección de los piñones constituye otra de las grandes riquezas derivadas de las copas del pino piñonero. Mientras la villa de Íscar ha volcado su vocación industrial hacia la transformación maderera y la carpintería, la vecina localidad de Pedrajas de San Esteban ha monopolizado el elaborado proceso de tratamiento y venta del apetecido fruto. Los majestuosos ejemplares en forma de parasol salpican los claros del bosque, alimentando una industria de gran prestigio que sostiene la prosperidad económica de esta histórica comarca pinariega y de todas las villas autóctonas de la zona.
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Las rutas trazadas por el frondoso bosque permiten conectar activamente los diferentes núcleos de población de ambas provincias
Además, al llegar las lluvias otoñales, los suelos arenosos y la tamuja acolchada del pinar se transforman en el escenario ideal para la aparición de sabrosos nícalos y diversas especies de hongos. Esta abundancia micológica atrae cada temporada a numerosos aficionados y recolectores que recorren pacíficamente los montes limpios de la comarca para disfrutar del campo. La gastronomía local ha sabido integrar estos frutos silvestres en platos tradicionales, organizando jornadas populares donde el sabroso nícalo se convierte en el inconfundible y gran protagonista de la mesa durante toda la época de cosecha.
El equilibrio ecológico de este llamado mar verde se apoya en una valiosa red hídrica surcada por los ríos Pirón, Cega y Eresma, además del modesto arroyo Malucas. El Pirón serpentea entre alamedas y pinares hasta alcanzar su confluencia con el Cega en el paraje conocido como La Nariz, creando un espacio de gran biodiversidad. Citado en documentos medievales del siglo XII como territorio Pyronis, este cauce sustenta la presencia de garzas, ánades y mamíferos como corzos. Las riberas y bodones aportan un contrapunto de frescor al entorno árido y luminoso de la meseta castellana en el amplio valle pinariego.
Las rutas de senderismo trazadas por el frondoso bosque permiten conectar activamente los diferentes núcleos de población distribuidos entre ambas provincias, como el itinerario circular que une Íscar con Remondo. Partiendo de la plaza de toros iscariense, el camino se adentra en el pinar de la Picona y cruza la Cañada Real de Merinas hasta avistar la espadaña de ladrillo de la iglesia de Remondo. A lo largo del trayecto, los senderistas disfrutan de aromas a tomillo y resina, pasando junto al histórico molino de Alvarado y templos mudéjares tan destacados como San Baudelio, en la vecina localidad de Samboal.
Centenarios e indultados
Desde la atalaya del castillo de Íscar, asentado sobre un espigón del páramo, se contempla una panorámica espectacular de todo el mar pinariego. La fortaleza, reforzada en el siglo XV por los Condes de Miranda del Castañar con sus escudos en la torre del homenaje, guarda la memoria histórica de la comarca. A sus pies, la villa conserva iglesias románicas y mudéjares como Santa María de los Mártires o San Miguel. El legado cultural se completa con el Museo Mariemma, dedicado a la gran bailarina nacida en la localidad que proyectó su arte universal con enorme prestigio internacional.
La conservación de este pulmón verde se refleja en la gestión del Pinar del Concejo y en el cuidado de ejemplares centenarios que han sobrevivido milagrosamente al paso del tiempo. Entre ellos destacan pinos colosales indultados por los quintos de la zona, cuyas cicatrices de sangrado son testimonio del antiguo trabajo resinero. Mantener los montes limpios previene los incendios y facilita el paseo, garantizando que las futuras generaciones continúen disfrutando de la resina, los piñones y las setas en este patrimonio ecológico de incalculable valor ambiental.
Fuente original: eldiario.es












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